Porque ¿quién no ha sentido alguna vez envidia de un compañero de clase más guapo y con más éxito en los estudios? ¿Quién no ha tenido alguna vez celos por el ascenso profesional de un colega y le ha deseado lo peor o ha disfrutado maliciosamente con el fracaso de un conocido? Lo raro es que reconozcamos estos sentimientos ante los demás, porque la vergüenza que nos producen hace que los mantengamos en secreto. Y es que no estamos dispuestos a aceptarlos como propios, porque para nuestro yo ideal, ése que está en sintonía con la imagen que queremos proyectar, no es admisible tener envidia, celos o ganas de fastidiar a alguien; son cosas vergonzantes que nos pueden hacen aparecer como ridículos, débiles o malvados ante la mirada ajena. Por eso los malos pensamientos sólo afloran en momentos de máxima tensión, cuando el inconsciente emerge de forma automática, sin que podamos evitarlo. De todas las ideas negativas que rondan nuestra mente, ninguna nos avergüenza más que la envidia. Es el sentimiento con peor reputación y más duro de admitir, porque hacerlo significa declarar que uno se siente inferior y celoso del éxito de los demás. Es el estigma de Caín, algo socialmente inaceptable que nos hace sentir especialmente culpables cuando el objeto de nuestra envidia es un familiar o un amigo cercano.
La comparación hace que nos sintamos fracasados al sentimiento de la envidia, que normalmente nace de la comparación con las personas que consideramos que están en un nivel similar al nuestro. Normalmente no envidiamos que Almodóvar gane el Oscar o que Alejandro Sanz venda muchos discos, pero sí que a nuestro compañero de trabajo le asciendan o que nuestro hermano reciba todos los elogios, porque su éxito significa de alguna manera nuestro fracaso, dado que partimos en igualdad de condiciones. Además, el hecho de no alegrarnos de su triunfo, como supuestamente debería suceder, nos hace avergonzarnos de nuestro egoísmo. la tristeza del envidioso no está provocada por una pérdida, sino por un fracaso: el de no haber logrado lo que el otro sí ha logrado.
En los centros de trabajo son frecuentes los celos y envidias hacia aquéllos que tienen habilidades que descuellan por encima de los compañeros. Imagínense, la llegada de un empleado brillante a la empresa suele provocar en los demás la sensación de que ellos están perdiendo valor. A veces los nuevos son recibidos con frialdad por su equipo, que alimenta todo tipo de rumores maliciosos hacia ellos. Sin embargo, no siempre la envidia es un pensamiento negativo. Todo depende de cómo se canalice. Si envidio a un compañero y trato de competirle para superarme yo sin que mi conducta lo perjudique, no es malo. En ese caso la envidia actúa como un motor positivo para mejorar nuestra posición y nuestras expectativas vitales. Por eso creo que, es básico tener autoestima y una escala de valores equilibrada; de esta forma no harás daño a los demás ni a ti mismo.
Y que hay de la envidia en pareja, por ejemplo, a pesar de que es un sentimiento muy habitual. La envidia no nos cuenta una historia de amor, sino de posesión e inseguridad, una inseguridad que es resultado de una imagen depreciada de uno mismo. Esta baja autoestima nos lleva a veces a alegrarnos de las desgracias ajenas, otro pensamiento "malo" que a todos nos ronda alguna vez. El fracaso académico de un compañero, la derrota del equipo rival, el que un triunfador o un famoso caigan en desgracia y vaya a la cárcel son situaciones que proporcionan a algunas personas un placer malévolo. Es una alegría que no surge de una lucha directa, de haber derrotado a alguien en competencia abierta o franca, sino de contemplar como espectadores pasivos el fracaso de los demás; gozamos sin sentirnos responsables, porque el mal ajeno se ha producido sin intervención propia.
Entonces, ¿somos malos por tener envidia? Según yo, NO, en el fondo, más que de pensamientos estamos hablando de sentimientos y los sentimientos emergen aunque se contradigan con nuestros principios éticos y nuestra conducta.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados